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Autor: Eduardo Barrionuevo - Fecha: 2019-08-29

ANITA NO TE CALLES

El diminutivo en su nombre, posiblemente, venga solo por el hecho de ser la menor de los cuatro hijos que tuvieron Mabel y Pablo. No lo sé, ella se siente muy cómoda de ser conocida de esa manera y no voy indagar en pequeñeces. Se animó a contar su historia que busca enseñarles a otras chicas a defenderse y no callarse, eso es lo más importante.

Nació en la provincia de Santa Fe y desde chica empezó a relacionarse con el deporte. Con once años fue a ver una práctica de vóley en su pueblo y, desde ese momento y por siete años, se dedicó a ese deporte. Su gran desempeño la llevó a debutar con trece en primera. El compromiso, compañerismo y dedicación fue lo que todo el mundo le resaltaba. 

El fútbol también la vio brillar y los reconocimientos tampoco se hicieron esperar. Igualmente, el lugar donde se quedó es en el running. Lugar que desde ese 2004, jamás dejo. 

En un trote que estaba haciendo en una ciclovía un amigo la invitó a que lo acompañe en el recorrido que estaba haciendo. Ese inicio y esta unión, la llevó a que arranque con una duatlón antes de una carrera convencional de calle.  Tal cómo venía acostumbrada, salió victoriosa de su categoría. 

Luego, sin saber y de “caradura”, acepto correr la “Medía de Rosario” con solo experiencia en 5k. No vale la pena aclarar que fue la mejor de su rango de edad con un tiempo de 1h44m. Ese resultado la llevo a correr distancias de 10 y 21k por distintos lugares del país. 

En todos los aspectos de su vida venía muy bien, hasta apareció el amor. Pero lo que tenía que ser la frutilla del postre se convirtió en lo más complicado que le tocó vivir. 

“En el 2008 tuve una relación muy tóxica, la cual me hizo mucho daño, físico y psicológico. Miles de cosas han cruzado por mi cabeza, hasta el punto de matarme.” 

Producto de todo lo vivido en esa relación, se enfermó y contrajo una anorexia nerviosa, que la llevo a pesar 39 kilos con su metro  cincuenta y ocho centímetros. Este hombre, perdón… me equivoque, no merece llamarse así. Este individuo se metió con todo lo que le hacía bien, incluido el atletismo. 

“Una vez no me daba el kit para correr hasta el último momento. Fui y corrí esa carrera con miles de lágrimas en mis ojos apenas pudiendo terminarla, pero muy con lo justo. Mi físico no me daba.” 

Cuando se daban algunas situaciones extremas, su única salida era salir corriendo a una virgen que se encontraba a siete cuadras de su casa. 

Su familia y amigos  sufrían de verla tan flaca. No sabían la violencia que estaba sufriendo. Hasta que una mañana, se levantó con las únicas fuerzas que tenía y se dijo así misma.  SINO SALGO YO ADELANTE, NADIE LO HARÁ POR MI. 

Y con mucho esfuerzo, sacrificio y tratando de olvidar empezó a salir. “Corría y corría, para llorar, para olvidar, para sentirme libre”

Ella recuerda muchos detalles y anécdotas, que prefiere sigan guardados en un cofre que nunca más quiere abrir. Esa llave la destruyo, la quemo y las cenizas las dejó esparcidas en las montañas. 

En el 2016 volvió a lo que amaba. Empezó a correr de a poco nuevamente. Compitió varios meses en 5k, luego en 10 y regresó a los 21. 

2017 abandonó en un 21k lloró muchos días y hasta se sintió frustrada hasta que reflexionó. “Supere peores batallas que una carrera”. Desde ahí empezó a entrenar con en un running team y en dos meses preparó sus primeros 42kms.

“Tengo grandes marcas en mi cuerpo y en mi corazón que cuestan sanar, pero cuando me acuerdo de lo feo, sé que en el final está la meta de llegada y eso es lo que me ayuda a salir adelante. Gané la carrera más importante de mi vida, le gané a los miedos y hoy puedo decir que no está muerto quien pelea, y que un tropezón no es caída.”

Encontrá la charla que hicimos en el Podcast de HISTORIAS DEPORTIVAS AQUÍ


“Si sos víctima o conoces a alguien que sufra violencia de género llamá al 144 las 24 horas”.   

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