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Autor: Eduardo Barrionuevo - Fecha: 2020-03-04

#historiasamateurs - LOURDES AGUIAR

Corro hace casi 9 años. El mismo día que llegó mi perro Corleone a casa yo me subía a una cinta por primera vez. Mis primeros trotes fueron aprovechando que el dormía: yo usaba sus siestas para salir a correr en la manzana de mi casa. Hasta ese entonces, el running "no era para mi". "Es aburrido", "me duelen las rodillas", "no puedo respirar", "no me gusta" eran algunas de las explicaciones que yo le encontraba a no intentarlo. Porque, mágicamente, probé hacerlo y me encantó. Y hoy grito a los cuatro vientos que soy corredora y que la fórmula de la felicidad es, sencillamente, correr.

Hasta "ese" día que me subí a una cinta y corrí 15 minutos, hacía clases varias en el gimnasio. En realidad toda mi historia con el deporte es "a todo o nada": primero fue odio y ahora es amor. En realidad creo que decir que odiaba hacer determinaba cosa era sencillamente no atreverme a intentarlo. Hasta los 18 siempre fui un desastre en materia deportiva. Hacía gimnasia a desgano en el colegio y solo iba al gimnasio porque mis padres me insistían que hiciera actividad física. Hasta que un día me copé y empecé a ser la infaltable en cada clase o actividad. Así fue también con el running. Empecé odiándolo hasta que acompañé a mi novio Walter Rodriguez, hoy marido, a correr una carrera y me fascinó ese mundo. Me encantó el clima, la gente, y me dio como una cierta intriga de por qué yo no podía hacerlo. Y creo que esa intriga me llevó a intentarlo, para así descubrir algo que me apasionaría y se convertiría en el eje de mi vida.

Hoy correr es mi cable a tierra. El running y yo tenemos una relación de amor profundo, de esos que calan profundo en el corazón. Mi rutina se organiza en base a mi trabajo y a mi entrenamiento. Correr me ayudó a redescubrirme, a sentir que soy capaz de hacer cosas que ni siquiera yo me hubiese imaginado. ¿Quién hubiera dicho que una persona que odiaba trotar cinco minutos en una clase de gimnasia escolar terminaría corriendo maratones? Porque esa es mi distancia favorita: los 42 km 195 metros. Ya corrí 11, y si Dios quiere, este año aspiro a sumar otra edición de la de Buenos Aires y mi segunda major, en Chicago. El running me llevó a correr por lugares impensados: Mendoza, Tucumán, Berlín, Las Vegas, La Isla de Pascua y hasta la Muralla China.

Hace cuatro años también hice un click que cambió mi vida en 180°. A los 6 años casi me ahogué en la colonia, y desde ese momento le tuve pánico al agua. Hasta que, a mis 32 años, el profesor de natación de mi marido, en una competencia al que lo acompañé, me invitó a intentar vencer mi miedo en una clase. Ya lo había intentado mil veces, pero nada funcionaba. Andrés Ghibaudi logró lo que para mi era imposible. Recuerdo aquellas clases donde me llevaba casi a upa a la parte profunda de la pileta o donde me invitaba a mojarme la cara mientras me hablaba para tranquilizarme. De esa instancia a hoy, pasaron 4 triatlones; uno en el océano Pacífico, un Ironman 5150 en Palermo y dos Ironman 70.3 en Nordelta.

El agua y yo nunca vamos a ser amigas, y estimo que siempre me va a costar; pero también se que no tengo que dejarle ganar la partida y sigo. Mi sueño es, en algunos años (no pocos) ir por un Ironman Full, pero me falta muchísimo.
Creo que el deporte es sanador. Mental y físicamente. Es mi remedio contra el estrés, contra el bajón, contra las preocupaciones. Correr es mi mejor terapia. No importa cuál sea la pregunta. Correr es la mejor respuesta.

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